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A 30 años del terremoto de 85

Foto: Marco Antonio Cruz

Por Antonio Urby Herrera

Hace 30 años! El 19 de septiembre de 1985 en un descalabro nos retrataron en la vil desnudez cuando surgió el instinto de supervivencia, porque se acomodó el pánico en ciernes y la huida de la habitación a punto de derrumbarse fue la mejor opción. La oscilación, el vaivén, el temor creciente, el murmullo de la tierra sobresaltaron a buena parte del centro del país, pero sobre todo a la ciudad de Mexico. El crujir de muros, traves, pilares, fachadas, en la Bondojo, la Morelos, la Roma, el Centro Histórico fueron testigos de la crónica insoslayable de un nuevo estadio, de una dimensión trágica que motivó una respuesta concreta y masiva.

La emergencia nacional llegó tras un terremoto de 8.1 grados que descobijó la corrupción, la falta de planeación, la inacción gubernamental, la pasividad, la tozudez y como en una vitrina en lamentable exhibición el país se mostró en todo sus defectos hacia dentro y hacia afuera.

Miles de muertos y heridos en cifras que subían o bajaban según el ánimo de las autoridades. Ayuda internacional rechazada en principio y luego recibida, mucha de la cual no llegó a quien la requería. Edificios gubernamentales en su mayoría cayeron con el movimiento y la indignación creció con los días así como la rebeldía de aquellos voluntarios rescatistas que se negaron a quedarse en casa cuando el gobierno lo ordenó y salvaron personas atrapadas bajo los escombros sin más herramientas que picos y palas. Los capitalinos auxiliaron a sus pares, se condolieron del dolor ajeno, de los que perdieron sus pertenencias. Repartieron comida para los voluntarios organizándose en turnos, formando cadenas para retirar escombros de aquellos edificios tumbados como barajas y el grito animoso retumbaba cuando hallaban vivos.

El viernes 20 la réplica de magnitud 7.3 cimbró la poca entereza que quedaba y los rezos, las súplicas no se hicieron dejar de escuchar, los edificios ya dañados se agrietaron o cayeron; el dolor, el espanto creció y la gente no quizo regresar a sus viviendas. Las calles eran espacios de vivienda para los damnificados y así fue hasta por 8 meses. El ejército acordonaba las zonas derruidas, en otros lugares se veían ir y venir los voluntarios. Cuando salías a la calle y recorrías las zonas dañadas el hedor a muerte, a humedad, flotaba en el aire. El silencio era un golpe respetuoso entre los transeúntes que portaban mascarillas para evitar cualquier de contagio.

El hotel Regis en avenida Juárez cayó e incendió, el Super Leche entre Victoria y Artículo 123 sobre San Juan de Letrán, Televisa sobre Chapultepec colapsó, El Hospital General el Centro Médico, el edificio Nuevo León en Tlatelolco, el multifamiliar Juárez, las secretarías de Comunicaciones y Transportes, de Marina, de Comercio y Fomento Industrial, la procuraduría del Distrito Federal, la torre I del conjunto Pino Suárez, la unidad central del Conalep, el Conalep en avenida Juárez y Humboldt en donde muchos estudiantes murieron aplastados, entre algunos de los 400 inmuebles caídos.

Lo que más recuerdo de esos días es que la sociedad se organizó a pesar de la inacción del gobierno y salvaron cientos de personas incluso a costa de sus vidas, arrastrándose bajo losas, escarbando con sus propias manos buscando sonidos o rastros de vida; formando cadenas humanas quitando piedras o varillas. En la preparatoria 9 donde estudiaba en ese entonces, así como en otras escuelas, organizaron un centro de acopio para damnificados, de tal forma la constancia y empeño de estudiantes duraron días intentando devolver la dignidad a los que perdieron todo.

No olvido que se iniciaron movimientos de reclamo como el realizado por las costureras que trabajaban casi en esclavitud y muchas murieron aplastadas y que las sobrevivientes al solicitar ayuda de los patrones se dieron cuenta que valían menos que la maquinaria con la que hacían su trabajo. También recuerdo a los damnificados que se organizaron en coordinadoras para conseguir que los escucharan y pudieran tener viviendas dignas.

Un breve recuento de un derrumbe de la mediocridad, de una gran sacudida de conciencia de una sociedad minimizada por los usos y costumbres de una élite política aferrada al poder durante 50 años en aquel entonces. ¿Hoy necesitamos un nuevo terremoto para liberarnos del conformismo?

Foto: Marco Antonio Cruz

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