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LGBTfobia se agudiza en México

Por Antonio Medina

Tal pareciera que a mayor avance en derechos y visibilidad de la diversidad sexual, es mayor la violencia y la discriminación hacia personas LGBT+. En lo que va del presente año mi esposo Jorge y yo hemos recibido llamadas de, cuando menos, cinco conocidos, que nos han pedido orientación para canalizar a niños o niñas que han sido violentadas en sus entornos familiares por ser o parecer homosexuales, lesbianas o trans.

Sí, hablo de la violencia LGBTfóbica en contra de infantes, que sin saber si serán gays, lesbianas o trans en su edad adulta, reciben golpes y ofensas por tener actitudes contrarias a su rol de género, que aducen sus agresores, son propios de “maricones o machorras”, por lo que estos infantes corren peligro -precisamente- en el hogar familiar, que se supone es el espacio donde deben recibir protección, cuidados y amor.

El 2 de enero una niña de siete años fue golpeada por su mamá porque no quería usar un vestido que le llevó “Santa Claus”, y que al “rebelarse y hacer lo que su santa voluntad quiso, su mamá le propinó golpes”, relató a Jorge y a mi la tía de la niña. El elemento discriminatorio radicó en que la niña fue catalogada por su mamá como “maldita machorra lesbiana”, para posteriormente zarandearla y golpearle. La niña lloró hasta privarse; después de algunos segundos la mamá se asustó y llamó a vecinos para que la auxiliaran.

El segundo caso se suscitó el 5 de enero cuando un niño de nueve años pidió a los “Reyes Magos” una muñeca Barbie, lo que generó el enojo de su papá. La mamá discutió con su esposo en defensa del niño: “eso no quiere decir nada”, argumentó, pero la conversación subió de tono cuando el niño le dijo a su papá que “entonces no quería nada de reyes”. El señor enfureció y pegó fuerte en la mesa, provocando que se rompiera el vidrio.

Estos dos casos no trascendieron a las autoridades judiciales o al DIF, pues se sofocaron luego de la intervención de vecinos u otros familiares para calmar la tensión. Desde luego, son sucesos que forman parte de la vida cotidiana de esas familias y que se repiten en algún porcentaje en casas mexicanas con menor o mayor grado de violencia y consecuencias, dejando, cuando menos, secuelas de odio, baja autoestima y depresión en infantes.

El tercer caso fue el de un muchacho de 15 años del estado de Veracruz que huyó de su casa porque tanto en la calle como en su familia lo ofendían mucho “por ser amanerado y no comportarse como machín”. A inicios de diciembre del 2021 decidió venir a la Ciudad de México con un tío, quien lo tuvo unas semanas, pero al ser visto por vecinos y recibir insultos y burlas, el mismo tío comenzó a reprimirlo, hasta que decidió llevarlo a una institución pública para que ahí se hicieran cargo de él.

Otro caso es la de un jovencita de 14 años de una ciudad cercana a la capital del país, quien lleva varios meses sufriendo violencia física y emocional por parte de su mamá, su papá y su hermano mayor. El pasado viernes decidió escaparse de su casa, pues “ya no soportaba el sufrimiento”. Deambuló por poblados cercanos a la Ciudad de México, durmió en la calle, finalmente pidió un aventón en una carretera para poder llegar a la casa de su abuela, quien de inmediato le dio cobijo y amor; no obstante, los padres lanzaron una Alerta Amber antes, y ahora la adolescente deberá regresar obligadamente a la casa familiar. Ya se hacen gestiones para que la abuela se encargue de su nieta.

Estas vivencias de niños, niños y jóvenes son sólo pinceladas de una realidad que no se denuncia, que se vive al interior de las familias y donde infantes, sin posibilidades de defenderse legalmente, son sometidos a violencia física y emocional.

Un quinto caso que nos enteramos el 1º de enero, -extremo, por decir lo menos-, es el de un jovencito trans de 16 años que ha sido separado de sus padres por haber sufrido intento de homicidio en su propia casa. Hoy vive en un “hogar temporal” donde recibe amor, afecto y comprensión por parte de una pareja lésbica.

Todos estos casos forman parte de las poblaciones vulneradas por un sistema heteropatriarcal, machista, misógino, discriminatorio y LGBTfóbico.

Mientras tanto, en el mundo multicolor de las y los adultos LGBTTTI la vida no es color de rosa; se viven situaciones de discriminación en parques de diversiones, en ámbitos laborales, escolares, de salud o de justicia, donde las personas son humilladas en razón de su disidencia sexual, o, en casos extremos, reciben agresiones físicas, como sucedió el pasado fin de semana con la activista Natalia Lane, o son asesinados como el bailarían veracruzano, Jordy Dávalos Nieto.

Este entorno social de violencia en contra de la diversidad sexual, además, es atizado por discursos prejuiciados y estigmatizantes desde púlpitos religiosos, en algunos medios de comunicación o espacios de gobierno, y, por desgracia, desde curules legislativos, donde se incita al odio contra personas LGBT+, particularmente en últimas fechas en contra mujeres trans, lo que genera desinformación y se refuerzan narrativas discriminatorias que contradicen preceptos libertarios, plasmados en nuestra Constitución Política vigente.

* Texto publicado en la Revista Etcétera el 27 de enero, 2022.

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