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Fallo histórico por intento de transfeminicidio en la Ciudad de México

* Juez resuelve el caso de la activista Natalia Lane
* Visibiliza la gran deuda pendiente de justicia hacia las mujeres trans

Por Antonio Medina Trejo



Este lunes, un juzgado penal de la capital del país emitió un fallo condenatorio contra Alejandro “N”, responsable del ataque contra la activista trans Natalia Lane, ocurrido en enero de 2022. El juez determinó su culpabilidad por el delito de feminicidio en grado de tentativa.
Durante la audiencia, el juez estableció que existían pruebas suficientes para acreditar la responsabilidad penal del acusado.

No obstante, la individualización de la pena —es decir, los años de prisión— y la reparación del daño serán determinadas en una etapa posterior.

La resolución marca un hito por ser uno de los primeros casos en los que un ataque contra una mujer trans sobreviviente es reconocido por las autoridades judiciales bajo una lógica de violencia feminicida, lo que abre la puerta a una interpretación más amplia del acceso a la justicia con perspectiva de género, que incluye a las mujeres trans.

El suceso se dio la madrugada del 16 de enero de 2022, en el que Natalia Lane fue atacada con arma blanca dentro de un hotel de la Ciudad de México. Recibió múltiples heridas en rostro, cuello y manos. Sobrevivió, pero el proceso para acceder a la justicia fue largo, tortuoso y, en sus propias palabras, “profundamente revictimizante”.

Desde el inicio, la también activista, denunció irregularidades en la investigación, particularmente negligencia en la integración de la carpeta, falta de perspectiva de género y cuestionamientos constantes sobre su identidad. “A las mujeres trans en el sistema penal se nos revictimiza, se nos cuestiona la identidad, se nos subestima nuestro testimonio”, declaró ante medios en repetidas ocasiones.



Lejos de abandonar el proceso por la revictimización y discriminación, decidió convertir su caso en una causa de lucha personal y política. Se articuló con colectivas, organizaciones civiles y redes de acompañamiento que no solo visibilizaron su situación, sino que presionaron para que el caso no quedara impune.

El camino judicial en instancias de justicia de la capital del país estuvo marcado por retrasos, recursos legales promovidos por la defensa y episodios de incertidumbre, como intentos de modificar las medidas cautelares del agresor.

Durante más de cuatro años, Natalia Lane enfrentó audiencias diferidas, desgaste emocional y un sistema que, según sus propias palabras, “no está diseñado para protegernos a las mujeres trans, y menos a quienes ejercemos el trabajo sexual”.

“La justicia solamente aplica para quien puede pagarla”, señaló en una de sus intervenciones públicas, evidenciando las brechas estructurales que atraviesan estos procesos en los juzgados de la Ciudad de México.

A pesar de ello, su persistencia fue clave. “Tenemos todas las evidencias… tenemos la verdad”, afirmó antes de una de las audiencias finales. Esa convicción, sumada al acompañamiento colectivo, permitió sostener un caso que pudo haber quedado archivado, como ocurre con muchos otros cuando las víctimas son trabajadoras sexuales, sean cis o trans.

Aunque el fallo condenatorio es un avance significativo, especialistas advierten que aún falta consolidar criterios claros en el sistema judicial mexicano.

Existen antecedentes aislados. En algunos casos, como en Tabasco, se han dictado sentencias por transfeminicidio con penas superiores a 20 años de prisión. En otros, las autoridades han optado por clasificar los crímenes como homicidio simple, diluyendo el componente de violencia por identidad de género y la lucha del activismo trans por ver que la ley en la materia tiene efectos legales reales.



A nivel internacional, también se han generado precedentes relevantes, como resoluciones que responsabilizan a los Estados por la falta de investigación en asesinatos de mujeres trans. Sin embargo, estos casos suelen centrarse en la responsabilidad institucional más que en sanciones penales directas.

El caso de Natalia Lane se ubica en un punto intermedio: no solo visibiliza la violencia, sino que logra una condena penal, algo aún poco común.

La dimensión del problema: cifras que alertan

Datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra Personas LGBT muestran que la violencia contra mujeres trans en México se mantiene en niveles críticos. En 2022 se registraron 48 asesinatos de mujeres trans. En 2023, la cifra fue de 43. En 2024, repuntó a 57 casos, dentro de un total de 97 crímenes de odio.

Las mujeres trans representan consistentemente la mayoría de las víctimas dentro de la población LGBT+, particularmente desde 2018, cuando las cifras de asesinatos contra mujeres trans comenzó a elevarse, tal como lo informa también la asociación civil Letra S que registró en 2021 que las mujeres trans pasaron de 54.5 por ciento al 70.5 por ciento del total de crímenes de odio contra personas LGBT en todo el país.

Además, enfrentan un riesgo de asesinato significativamente mayor que otros grupos: hasta siete veces más alto en comparación con mujeres cisgénero, identificando que los transfeminicidios suelen ir acompañados de violencia extrema, incluyendo tortura, mutilación y cuerpos encontrados con signos de atadura.

Estas cifras, además, enfrentan un subregistro, pues no provienen de estadísticas oficiales o datos fehacientes de las procuradurías estatales, sino del monitoreo hemerográfico y reportes que realizan activistas en organizaciones civiles, las cuales, la mayoría de ellas no cuentan con recursos económicos para poder solventar el costoso proceso de investigación de los crímenes de odio contra personas trans o de la diversidad sexual.

El caso de Natalia Lane no puede entenderse únicamente como una victoria judicial individual. Es el resultado de una lucha sostenida, colectiva y profundamente política, pues la activista visibilizó su lucha y a ella se unieron muchas personas, no sólo del movimiento trans, sino de otros movimientos sociales y, desde luego, de la diversidad sexual.

En un país atravesado por el machismo, la transfobia y la discriminación estructural, su proceso evidencia tanto los límites como las posibilidades del sistema de justicia.

Por un lado, confirma que las leyes y políticas públicas han avanzado; por otro, deja claro que su implementación sigue siendo la gran deuda del gobierno, pues es desigual y, en muchos casos, insuficiente.

La fuerza del caso radica en haber transformado una experiencia de violencia en una plataforma de exigencia colectiva. Natalia Lane no solo buscó justicia para sí misma, sino que insistió en que su caso sirviera para que otros no quedaran en el olvido.

Ese es, quizás, el mayor significado social de esta resolución: no cierra una historia, sino que abre una discusión urgente sobre quiénes pueden acceder realmente a la justicia en México y bajo qué condiciones.

En ese sentido, el fallo de este 13 de abril no es un punto final, sino un punto de inflexión.

* Asociación Mexicana de Comunicación para la Igualdad. @antoniomedina41

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