Por Antonio Medina Trejo*
Las redes sociales son el actual receptáculo de mensajes generados segundo a segundo, minuto a minuto y las 24 horas de todos los días del año por millones de internautas. Los temas son infinitos. Antes de que existieran las redes sociales, lo común era que los mensajes sólo se difundían por los medios masivos convencionales: prensa escrita, radio y televisión, donde los prejuicios sociales sobre temas susceptibles de discriminación social eran autoría de conductores de televisión, políticos, artistas, famosos o periodistas malintencionados o ignorantes, que hacían escarnio de las fobias sociales y legitimaban la discriminación desde su investidura de líderes de opinión.
Hoy en día, en los medios convencionales esos líderes intentan matizar sus discursos, y quienes saben el impacto de sus palabras, ya sea por convicción antidiscriminatoria o por ser políticamente correctos, tienen cautela. No quiere decir que ya no existan discriminadores en estos canales convencionales, pero han disminuido notablemente esas conductas atentatorias contra la dignidad de las personas. Esto no sucede con las redes sociales, que hasta el día de hoy, y que bueno, no tienen reglas de censura estrictas que limiten la libertad de las personas a decir lo que piensan, muchas veces a pesar de que sus dichos atenten contra la dignidad humana e incitan abiertamente al odio hacia grupos determinados de la población.
En estos espacios de interacción social, los no famosos influencers hacen uso de la libertad de expresión y liberan sin ninguna restricción los prejuicios culturales que se viven en la cotidaneidad de las personas. Muchas veces esa libertad de decir lo que se piensa raya en la discriminación y en ocasiones en la incitación abierta al odio hacia los diferentes, hacia quienes piensan distinto o en contra de sectores históricamente estigmatizados.
Un acontecimiento que cimbró las redes sociales por un acto de abierta discriminación se suscitó a finales del año pasado con el deportista Darío Larralde quien expresó el odio que siente hacia los gays por el supuesto acoso que vive cuando sale a las calles. De manera muy honesta y sentida dijo: “Me cagan los putos gays… A todas partes a que voy siempre hay un puto gay en la esquina viéndome”.
El video del deportista, hasta ese momento desconocido, se viralizó en pocas horas y un día después era trending topic en las redes sociales con destacado impacto en los medios convencionales. La reacción del activismo LGBTTTI fue feroz. No hubo líder de opinión que dejara de manifestar su rechazo a la conducta discriminatoria del deportista. No obstante, también hubo en las redes varios miles de mensajes de personas que estuvieron de acuerdo en que los homosexuales son una plaga.
Tal vez lo más destacable de este fenómeno, es la incitación al odio homofóbico que despertaron las declaraciones del joven Darío con la inmediata simpatía de quienes piensan igual que él, que sin saber las consecuencias de sus dichos, conjuntó en su red social a miles de nuevos seguidores apoyando su visión hitleriana de exterminio de los homosexuales: “Yo sé que Hitler era una mala persona pero en eso sí lo apoyo… me caga todo lo que hacen, todo lo que representan… nunca los voy a apoyar…”
Es importante decir que quien esto escribe defiende la libertad de expresión de toda persona, aun no estando de acuerdo con sus posturas. Aunque es preciso destacar que esa libertad debe salvaguardarse mientras no se transgredan los derechos de otros.
Incitar al odio hacia un sector social, particularmente en este caso al colectivo LGBTTTI, desde luego violenta el derecho humano a la no discriminación plasmado en nuestro artículo 1º constitucional, además de que propicia la violencia criminal en contra de quienes culturalmente han sido señalados como plaga social debido a prejuicios heredados de épocas decimonónicas, cuando en realidad la plaga del odio a la diferencia es la que urge erradicar de nuestra sociedad.
* @antoniomedina41